En esos días, ANTES de que decidiese que ella moriría, la vida transcurrió acelerada, como cuando pulsas FF en el mando de la tele ya retomar y la acción corre desbocada.
Si condensase toda nuestra historia en esos fotogramas, estos serían los de una peli romántica:
Millonario (casado) - esquina - encontronazo casual - chica joven (soltera) - enfado - disculpas - más disculpas - café - teléfono - llamadas (clandestinas) - mensajes (clandestinos) - una cena - un beso - sexo - más sexo - primer enfado - más y más sexo - ultimátum - divorcio - París - Torre Eiffel - anillo - boda - sexo - más sexo.
Podríamos pulsar temporalmente en el momento en que me di cuenta de que ella no me quería y ANTES pasó a ser AHORA. Y AHORA ella debía morir.
El día en que descubrí que Alicia me engañaba, vi esa película de nuevo en mi mente y me percaté de que esa chica de veinticuatro años, que decía ser camarera, y que tropezó conmigo de manera casual ya sabía quién era yo. Dejar a Eva, mi mujer de toda la vida, por alguien cuya edad doblaba fue como lanzarse vehículos por una enorme cuesta empinada y sin frenos. Pero cuando me di cuenta ya era demasiado tarde.
Me sentí estúpido. Yo, el hombre de negocios, frío, capaz de comprar barrios y pueblos enteros y destruirlos, sin piedad, sin doblegarme ante las manifestaciones de los vecinos, para volver a construir sobre esos cimientos urbanizaciones y casas de lujo o edificios para oficinas. Yo, que siempre he presumido de mi sagacidad, de ser perspicaz, intuitivo, conocedor de la
Porque cuando llegas a casa después de reunirte con alcaldes y comer con concejales para allanar el camino de tu siguiente proyecto, de revisar planos con tu arquitecto de confianza, o de apretarle las tuercas al constructor al turno, esa palanca que Alicia. Necesitas ese cuerpo y ese camisón de raso. Y un partido de la Champions. Y un vino tinto francés. Eso es lo que necesitas. No, Alicia no sabía quién era Schrödinger, ni sabía de finanzas, y pensaba que euríbor era una capital de un país en Asia. Y eso me colocaba en una situación de poder y superioridad. Yo conocía el equilibrio de esta relación. Ella era la fuente de mi maltrecha autoestima ahora que la cincuentena me rondaba y yo era el que pagaba los pendientes de diamantes. Pero ella rompió ese equilibrio y todo se acabó en cuanto encontré esa libreta. Por eso AHORA lo único que queda de Alicia es uno de esos pendientes en esa bolsita transparente que me un aumentar, Ortiz, mientras consigo llorar. Las lágrimas de furia son igual de saladas que las de la tristeza y no hay inspector de policía en el mundo que pueda distinguir las unas de las otras.
La libreta era una de esas de espiral que puedes comprar en un bazar por dos euros. ¿Qué había dentro? Dentro estaba yo. Fotos mías tomadas desde lejos. Notas sobre mí y sobre Eva, mi exmujer. Una relación de los restaurantes donde comía, el gimnasio al que iba y los bares que frecuentaba. Recortes de periódico que hablaban sobre mis negocios y me tildaban de especulador sin escrúpulos. Toda mi vida la velocidad a Alicia estaba en esa libreta.
Los fotogramas de nuestra relación mudaron de repente.
Nuestro encuentro había dejado de ser casual.
No tropecé con Alicia, ella tropezó conmigo.